Cogitatio Mexicano

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El Semanario
Por: Gastón Melo

Al pensar existo, dice la máxima cartesiana y habría que estudiarla a fondo para entender su significado. Muchos consideramos que el pensamiento de don René es indisociable del “pienso, luego existo” o porque existo pienso, sin embargo…

La formulita “Pienso luego existo” la aprendimos en la escuela cuando quisimos simplificar al extremo el pensamiento cartesiano. El gran maestro del racionalismo señala, a pesar de la nemotecnia, que sólo (únicamente) al pensar existimos, es decir, somos sólo cuando nos ejercemos en la difícil actividad de pensar. Al pensar, existo. Cuando somos capaces de existir, de observarnos desde fuera, es cuando ex-istimos. Allí es cuando pensamos y cuando somos.

Pensar no es fácil, la mayor parte de nuestras acciones son irracionales, no necesariamente pasan por el pensamiento abstracto. Respondemos a estímulos, aprendemos a responder a ellos con automatismos. Ante el frío nos cubrimos, ante el calor nos destapamos, ante los estímulos agresivos respondemos con violencia, ante los eróticos con vocación de placer.

La persona humana ha creado, dependiendo de su entorno cultural, un sistema inhibitorio de ciertas respuestas. La religión, la ética, la moral, las costumbres, la cultura, desarrollan códigos, muchos de ellos, la mayoría, no escritos y, sin embargo, activos en la conducta y en las actitudes, mismas que se inhiben o facilitan a partir de los códigos vigentes.

Cuando llevamos esto al nivel de país y decimos que México porque se piensa país, existe, estamos abusando del cartesianismo. México responde bien a los estímulos del exterior. Cuando le cobran paga, cuando le pide el FMI o el Banco Mundial que organice mejor su política de tasas, lo hace. Controla la inflación, mantiene al tenor de la oferta y la demanda el valor de las divisas.

En materia de salud, de vivienda, México es cumplidorcillo, obediente. Es un país de buenos gerentes. No, no estamos a la vanguardia, pero allí vamos en el pelotón de las buenas prácticas, de las dóciles prácticas.

Esta actitud diletante hace que México continúe siendo un país “sin caso”. Es, vamos, como si no tuviésemos confianza en nosotros mismos, un país sin proyecto de nación, sin imaginario, sin voluntad propia, como si la confianza fuese sólo la que nos otorgan desde fuera quienes nos observan y a cuenta gotas nos ofrecen inversión, adquisición de productos.

Sí, somos competitivos en algunas materias, exportamos bienes manufacturados y somos líderes mundiales en la industria automotriz. En Francia, esta semana en el salón de la aviación se cantan nuestras loas como uno de los países con mayor número de proyectos en la materia.

Todo esto pudiera abonar en la construcción de ese imaginario del que hablamos, pero para que esto tuviese sentido se requiere de una proyección en el tiempo, de una visión de porvenir en otras materias, se requiere de industriales y empresarios que no sólo canten a los cuatro vientos su mexicanidad estridente porque en su rancho industrial les va re-bien. Las tareas de los industriales y empresarios deben revisarse a la luz de una nueva inteligencia-país.

¿Hace México, sentido?, ¿hay razón para su existencia como país?, ¿es sólo un mercado?, ¿es únicamente ésta, la economía número 14 en el mundo con sus 50 millonsotes de consumidores?  Y la pregunta clave, ¿somos capaces de ser una generación más incluyente, abrirnos a la formación, a la información a la educación e incorporación al bienestar de los restantes 60 millones?

El precio de tener país, es alto, cuesta tiempo, cuesta energía, tiene un costo psicológico, cognitivo, implica el sacrificio de una mejor repartición de la riqueza, no porque queramos repartir los bienes de los unos, sino porque queremos contribuir a que los otros tengan bienes.

Tener país implica alcanzar eso que se llama igualdad de posiciones y que precede a la igualdad de oportunidades, se requiere promover meritocracia, desde luego. Significa justicia por la vía de una mejor política impositiva. Se reclama confianza nueva, no la confianza en el trabajador sino confianza en los patrones también y primordialmente. Confianza en su capacidad de innovación, de establecer una buena política de precios, de trabajar por los mejores intereses del país, hacerlo de manera colegiada, armónica, inteligente, solidaria y prospectiva.

Un país mejor implica que los menos favorecidos se reconozcan como tales. México, se dice, es uno de los países más felices del planeta y lo es en parte por la falta de conciencia crítica de sus ciudadanos. Problemas de alimentación ¿yo? No, yo como todos los días. ¿De salud? Con el favor de dios vamos saliendo. ¿De vivienda? Mi casero me aguantó este mes, allí la llevamos. ¿De transporte? Bueno, hago tres horas diarias en ir y venir, pero tengo chamba. ¿Educativos? Mis hijos terminaron la secundaria.

No, el mexicano no tiene problemas porque no tiene conciencia de los mismos. Carmen Aristegui dice que ya no nos chupamos el dedo. Quizá le faltó decir “tanto”, ya no nos chupamos tanto el dedo, pero un poco sí.

Generar ciudadanos, construir justicia para ellos, bienestar, no es tarea oscurantista y de partidos políticos hechos a la construcción de la dádiva. Los políticos son ciudadanos de ideas cortas, ideas mitigadas por el poder, o por el statu-quo. ―No le piense usted tanto compadre, esto no va a cambiar, sígale haciendo así, así le hemos hecho siempre y allí vamos saliendo.

Construir ciudadanía es oficio de todos, esfuerzo de todos, reconocimiento de la diversidad. Es escandalosa la nota reciente señalada por INEGI en el sentido que el color de la piel determina el salario. Bueno, eso sí que lo sabíamos. Mire usted nada más en el barrio de Polanco y analice cuántos prietos sirven a los blancos.

Un país que piensa, es un país que se ejerce en la reflexión positiva, que busca construirse y proyectarse en el tiempo, que sabe comunicar y compartir sus afanes y proyectos, que escucha y construye en diálogo, que sabe planear y cumplir sus programas, que estudia, que reconoce el valor de las personas, de las ideas. ¿Pero cómo hacerlo? Es importante reconocerse en la desigualdad, entenderse en la diversidad y construirse en comunidad.

El mundo se refleja en nuestro país, los muros y la discriminación están en nuestros barrios en nuestras delegaciones, municipios y estados. Hacemos lo posible por blindarnos de la molestia del otro, de su mirada, de ese que no es como nosotros, sino que nos observa, nos juzga.

México es el país de los blindajes, en la justicia con el juicio de amparo cuya interpretación extrema quiere equivalerse al fuero de los legisladores. Se blinda el político en sus oficinas, su auto o su camarilla, rodeado siempre de heraldos o guaruras, se blinda el industrial rico que debe guardar sus bienes en la custodia de un barrio cerrado en su colonia bonita y aislada, se blinda el narcotraficante con las barreras de miedo que establece y su control de regiones impenetrables. Se blinda el joven urbano, con su lenguaje distante y sus estridencias que separan, el intelectual que arguye sin implicarse se blinda también, el ostracismo del indio que sabiéndose engañado se agazapa y esclerosa blindándose también. Es un país de esferas solipsistas, de guetos y cangrejos que se jalan la cola y se aniquilan unos a otros.

Pensar México se resuelve en la acción que le factura, “Hacer México” es pensarlo también, desde un nuevo pacto social, un pacto absoluto, sí, radical, que analice los opuestos de su condición triste y actúe sobre ellos. Contra la corrupción la honestidad más básica, contra el blindaje aislacionista el contacto más puro, contra la desigualdad la solidaridad más pudiente, comprometida e inteligente.

Vamos a una nueva conquista, de todos, esta vez y para todos, la conquista de sí mismo, y del lenguaje para dirigirse al otro que me mira y me sabe. Para esto se requiere una propuesta ejemplar, un comportamiento ejemplar, una vida ejemplar. Esto es carisma y liderazgo, sentido y acción. Esto es pensamiento y existencia.

Es difícil, muy difícil, improbable y necesario, sin embargo. Los países se pueden desmembrar. El pacto federal no es más que eso, un acuerdo de poder para el bienestar común. Si eso se rompe, si no se alcanza a procurar la seguridad básica, el bienestar mínimo, el reconocimiento, la fractura es la lógica consecuencia. No sería la primera vez que ocurra. Texas, Tamaulipas y Nuevo León, se reconocen en una identidad. Arisonora no es una utopía, Puerto peñasco es un buen ejemplo. California es una unidad estructural, Chihuahua y Nuevo México, la península de Yucatán, y el Soconusco. Todas son regiones que han pensado su fragmentación. Si una unidad debe proponérseles, ésta es la de un país con caso.

La elección por venir es una postrera llamada, última quizá. Es tiempo de atenderla del modo más ciudadano, mexicano y comprometido. Las premisas están dadas, falta el líder.