Mexicanidad

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El Semanario
Por: Gastón Melo

“Mexicanidad”, la palabra no es nueva, pero suena sustantiva. ¿Dónde la he oído, dónde? Son muchos los autores que desde la independencia e incluso antes, desde los últimos virreinatos la han empleado. Comenzó a expandirse en las discusiones de la intelligenzia nacional y en algunos rincones de la Península Ibérica, atenta los procesos sociales de la Nueva España, sobre todo a partir de la alianza hispano francesa de Carlos IV en 1796 y más a partir de la derrota de Trafalgar en 1805.

Mexicanidad es una palabra polisémica, es decir, que tiene muchos significados. Sin embargo, no es una palabra difícil. De manera intuitiva es bastante fácil llegar a su significado. Mexicanidad es algo que se percibe desde la estridencia de las fiestas populares y los trajes multicolores, hasta algunos gestos sutiles que reflejan “modos del ser”.

Cuando pensamos hoy, en los denominadores comunes de los 120 millones de mexicanos, la palabra mexicanidad emerge como un estribo necesario y como una alternativa a los nacionalismos huecos que suelen aparecer en las arengas políticas.

Mexicanidad es así, sustancia base, de las cosas de México y de los mexicanos. No es patrimonio, sino percepción y acción. Tampoco es un bien exclusivo de los connacionales, sino elemento de identificación con un Weltanschauung, con una forma de ver el mundo.

Algunos, académicos sobre todo, se han preguntado ¿qué le ocurriría al planeta si desapareciera México?, ¿de qué se perdería la humanidad? La respuesta simple es mexicanidad, pero ¿en qué consiste?, ¿qué la estructura?

Muchos de los mejores apóstoles de la cultura mexicana, son extranjeros que descubren en el país una identidad fuerte y relativamente inexplicable. A México se le odia o se le quiere, no hay tintas medias para asumir la relación con el país. No es un espacio gris. Como lo describía Octavio Paz, en uno de sus últimos y visionarios discursos allá en 1997, desde la hoy Fonoteca Nacional, que le sirvió a él y a su esposa Marie Jo, de morada en aquellos años: México, ‒decía el Maestro‒, es un país, en donde escampa el cielo, condenado irremediablemente a ser iluminado por un sol renovado.

Mírese a los autores relativamente recientes, que comentan la identidad: Leonardo de Jandra, Jean Meyer, Enrique Krauze, Octavio Paz, Edmundo O’Gormann, José Revueltas, Luis González y González, Abraham Moles, Luis y Juan Villoro, Guillermo Sheridan, son entre otros, algunos de quienes desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, han reflexionado sobre algunos de los componentes de la mexicanidad.

El concepto es, cierto, bastante ómnibus, se detiene en cada uno para agregarse un nuevo sentido y es que, en términos absolutos, la mexicanidad es la suma de todas las definiciones que de esta idea puedan ofrecer tanto los mexicanos como quienes hayan abordado su conocimiento o por la vía de la imagen y la reputación o a través de la experiencia vivencial.

Hay una diferencia significativa, sin embargo, entre la expresión y la práctica de vida. Cuando nos vemos constreñidos a expresarnos sobre este término, no deja de existir una dosis de neurosis al percibir cuán separados estamos de la práctica de eso que, en síntesis, no es otra cosa sino la búsqueda del denominador común de la identidad mexicana.

Coincidamos en que la primera mexicanidad nace de lo que algunos historiadores ‒como Emilio Quesada‒, llaman las cenizas de la hispanidad. Fatigados de 300 años de un nacionalismo criollo, quejoso del pedante y rancio espíritu peninsular pero no incluyente, los primeros mexicanistas reclamaban lo mismo que la primera generación de españoles; reconocimiento a sus canonjías y prerrogativas. Así, encontramos hacia 1808, un paralelismo entre las reivindicaciones españolas en la península y las criollas en América.

Ya la independencia de Haití en 1804 y el regreso de Simón Bolívar de Francia en 1806, marcan un afán separatista y criollo en la América virreinal.  Si bien los protagonistas del proceso se bañan en una iconicidad afrancesada, lo cierto es que defendieron los intereses de la corona española frente a Francia inoculando el gen criollo en el ejercicio de estas reivindicaciones.

Allí vemos aparecer, con los movimientos de los españoles nacidos en América, un espíritu de identidad distinto al peninsular, Sucre, San Martín, Bolívar, O’Higgins e Iturbide, criollos, irlandeses con un toque de mestizaje afroamericano e indígena, los próceres apuntan solidaridades antes insospechadas, aunque siempre con una visión clasista y algo oligarca. El artículo 12 en la Declaración de Independencia de México, dice a la letra:

Todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos, ni indios son ciudadanos de esta Monarquía con opción a todo empleo, según su mérito y virtudes.

A la realidad, sin embargo, prevaleció otra y la marginación continuó allende el efímero imperio. Santa Anna tras Santa Anna, con los intervalos de Bustamante, Guerrero y otros, fue creando un espíritu nacional muy derivado del diálogo, la guerra y la conjugación de intereses con Estados Unidos.

Con la pérdida de más de la mitad del territorio nacional, una nueva identidad inicia su construcción a partir de mediados del siglo XIX. La nación actual así, es joven y no llega a los 200 años.

Nadie, empero, se atrevería a proclamar hoy una celebración del bicentenario en 2048.  Quedan rezagos esquizofrénicos de la identidad, como les llama Agustín Basave, en otro contexto. Hay algo aún de tejano entre los neoleoneses, los coahuilenses y los tamaulipecos. Sonora es de algún modo el mar de Arizona y Baja es parte de las californias.

Siendo claros, si una mexicanidad queda por reivindicar es una que es necesario construir, decidir, formar y asociar a nuevas prácticas de vida. La mexicanidad es así, también, para algunos –sobre todo‒ una prospección y no el statu-quo de la identidad actual.

El territorio que vivimos no alcanza todavía la condición de nación, los neoleoneses se quejan de pagar más impuestos que ayuda de la federación recibe su soberanía. La frontera no se quiere tal y hoy vemos cómo desde la óptica de un nacionalismo bribón, la verdadera frontera está siendo el sur, con sus zonas francas aún y sin otros muros que los de la ignominia, los humanos de un racismo peculiar y paradójico, fratricida. Tutsis y hutus americanos, heredando rencillas y odios inexplicables. Los estados luchan entre sí ante la debilidad del presidencialismo y la visión de un estado federal.

La mexicanidad prospectiva no es una aniquilación de las diferencias, ni una identidad fracturada, ni la suma de fiestas y ritos, sino la práctica de un ejercicio de apertura y de inclusión respetuosa.

Hace 18 años concebimos junto con un grupo de animosos ingenieros sociales, el modelo Tajín, que ha dado lugar a numerosas tesis. La idea de base sigue siendo reto del modelo: Despertar curiosidades recíprocas entre las altas identidad de la vida comunitaria y las bajas identidades de los procesos de globalización.

Aprender desde el respeto por el otro y desinhibir el acercamiento entre quienes no saben conjugar la primera persona del plural (nosotros) y aquellos que se sienten retenidos por el taimado anquilosamiento comunitario.

Animar el gusto por las expresiones juveniles, danzas y bailes, tatuajes y rituales de vida, mezcla culinaria, nuevos mestizajes ‒está allí el trabajo de ingeniería social‒, tendría que despertarse el ánimo de cultura, de labranza del espíritu en continuidad con la labranza de la tierra. Quisimos lograrlo concibiendo un espacio de intercambio (el Parque Takilhsukut, Papantla, Ver.) y una permanencia de comunidades en convivencia, con en el tiempo efímero de un período, aunque corto, significativo: “Si es primavera, es en el Tajín”. Unos cuantos días de amueganamiento dan por resultado la comunicación y el aprecio.

La mexicanidad por construir recorre el pensamiento de Gabino Barreda y Justo Sierra, de los Ateneístas y los Contemporáneos, de Paz y de Villoro, de Jean Meyer, de Revueltas antes y de Bartra, Sheridan y Krauze.

La mexicanidad pasa no a través del gusto por lo mexicano sino por la empatía de los mexicanos, sin yuxtaposiciones innecesarias. Porque no somos todos iguales, pasemos por el respeto.

El amor, como dice Moles, está de más, si se da qué bueno, pero primero respetémonos, de allí que nazca la curiosidad, el afán por el otro la improbabilidad y la gratuidad de la querencia.

Por éstas, entre otras razones, aplaudimos la creación en Casa Lamm, del Instituto de la mexicanidad, de su vocación comprometida y sus proyectos abiertos a la espiritualidad de la mexicanidad, a la vocación de “hacer un país”, a no dejar pasar sin su huella la coyuntura de la elección próxima en 2018.

México es sin duda nación dadora de identidad. La mexicanidad es alternativa para los nacionalismos ramplones. Es un apoyo para navegar la mar de discursos electoreros y sin arraigo ni cimientos. La mexicanidad es afán de búsqueda del denominador común para quienes compartimos el territorio. México tiene caso, sí, pero hay que construirlo.